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 EL CAMINO DEL HOMBRE

COMUNICACIÓN

LA TRAYECTORIA DEL HUMANISMO MODERNO: DE LA EXALTACIÓN DEL HOMBRE AUTÓNOMO AL VACÍO EXISTENCIAL

Autores: Mercedes López, Ana Artázcoz, José Manuel Contreras, Fernando Martín Cristóbal y Andrés Jiménez, del Equipo Pedagógico Ágora, de Pamplona.

Coordinador: Santiago Arellano

 

1.- La cristiandad medieval: la conciencia de Europa nació peregrinando

Las raíces cristianas de Europa nos remiten a un pasado histórico en el que los pueblos que se desmiembran del imperio romano se van convirtiendo paulatinamente al cristianismo. En el siglo XI, del atlántico al Volga y del Báltico al mediterráneo, son pueblos enteros los que comparten un mismo espíritu religioso; el cristianismo hace adquirir formas de vida comunes, imprimiendo una mentalidad uniforme en lo esencial a pesar de las diferencias. Ante una época que propende a la brutalidad y la violencia en unos tiempos difíciles, la Cristiandad -esa Europa renacida tras la caída de Roma- encontró en los organismos e instituciones que iba estableciendo la Iglesia, un medio para la moderación y un relativa pacificación en la sociedad europea; y en los valores, las practicas religiosas y la oración un fuerte recurso espiritual. Parte importante tendrá en ello la labor de los monasterios que se diseminan por el viejo continente.

La unidad se basa en una comunión espiritual de índole religiosa, en la misma lengua -el latín-, en la creación de las universidades. y también en las Cruzadas, a pesar de las sombras que acompañaron esta impresionante página de la historia. Va calando de esa manera, lentamente, una conciencia del valor de la persona, pues todos los hombres son igualmente hijos del mismo Padre. Ello impide una tentación de superioridad (eurocentrismo), porque predomina una visión y una misión de carácter universal y una comunidad de saberes y de valores que son patrimonio común y abierto a todos los pueblos. En los siglos culminares del medioevo se va consolidando un espacio sólido y solidario entre los reinos cristianos de Europa.

Las peregrinaciones: De Jerusalén a Roma, de Roma a Compostela

Vínculo importante de unidad y de comunicación en este momento serán también las peregrinaciones y en particular el Camino de Santiago. Las razones del peregrinaje fueron cambiando y mezclándose con el tiempo: pueden ser una prueba, un esfuerzo para ser mejor, una búsqueda del milagro, de la ayuda material o espiritual, o bien una promesa, un castigo o una penitencia. Pero hay un fondo de religiosidad que le confiere su significado más veraz. Acompaña al que camina hacia los lugares santos la conciencia del pecado y la necesidad del perdón, la convicción de que la vida es camino y no meta. Y que la meta - la Patria a la que se pertenece y camina- es lo que da sentido a la andadura, no el mero hecho de caminar.

Es sabido que la peregrinación, la marcha hacia la tierra prometida, era tradición y seña de identidad del pueblo judío. En el Éxodo Israel toma conciencia como pueblo, peregrinando por el desierto hacia Canaán, la tierra prometida. El Antiguo Testamento define la vida como un camino , y al hombre como caminante, como peregrino. Y luego Jesús peregrina a Jerusalén, los lugares santos quedan así unidos a la celebración pascual, y refuerzan su valor simbólico.

A la tierra de Jesús, primera y singular meta para los primeros cristianos, sacudida por las dificultades de la guerra y la ocupación musulmana, seguirá Roma, lugar del martirio y tumba de san Pedro y san Pablo, como segundo punto importante de peregrinación. Problemas políticos relacionados con el poder temporal del papado y la aparición de la tumba de Santiago el Mayor en el Finisterre, cambian la situación. Pronto, numerosos reyes protegieron el itinerario de los peregrinos hasta Compostela. La Bula de concesión más antigua, que conservamos, es la Regis aeterni del Papa Alejandro III fechada en 1179, en la que se confirma el privilegio del Papa Calixto II (1118-1124) consistente en que cada año en el que el 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, coincide en domingo se podrán ganar en la Iglesia de Compostela en plenitud las gracias del Jubileo. Se estableció una protección y atención especiales, reforzadas por la presencia de diversas órdenes, tanto militares como monásticas, y cofradías, lo mismo eclesiásticas que laicales, y pronto se convertirá en la peregrinación por excelencia en la Cristiandad , en vía de influencia y encuentro de culturas y estilos artísticos; de trasiego de gentes, saberes y mercancías. Se llamará peregrino a quien va a Santiago; romero al que va a Roma y palmero el que se dirige a Jerusalén.

La dimensión del sentido -como recordaba Julián Marías- es inseparable del Camino de Santiago. Se trata de una aventura con sentido, sentido que ha sido a lo largo de la historia su justificación, y la justificación de vida misma, simbolizada en el camino. La condición humana exige que se justifique lo que se hace, que se viva y se decida por algo y para algo , por un motivo y una finalidad. Uno de los peligros por los que se puede atravesar en el camino de la vida humana es que se olvide esa necesidad de justificación o esta desaparezca de la vista. Importa salvar lo que contribuye a la humanización de la conducta, lo que podría llamarse "el ejercicio de la libertad justificada".

La peregrinación a Santiago de Compostela procedía de los más lejanos lugares, asumiendo las duras condiciones de la vida y del camino durante siglos: distancia, parajes difíciles de recorrer, ausencia de caminos allanados, condiciones precarias de fuerzas y salud, contiendas, asaltos, problemas de alojamiento y sustento, riesgos humanos. Todo ello hacía que la empresa de llegar a Santiago fuese ardua, un desafío a las capacidades humanas. Era, no se olvide, una peregrinación a uno de los lugares sagrados de la religión cristiana y tenía, ante todo, un sentido religioso, combinado con otros varios (redención de penas, motivos comerciales.) Al término del camino se llega a la Catedral de Santiago, a las plazas memorables que la circundan, a las ceremonias que atrajeron a tantas personas y que eran la coronación de sus esfuerzos.

La visión cristiana de la vida

Si hubiera que resumir en un solo punto de referencia la visión cristiano-medieval de la vida, la palabra que lo designara sería sin duda la de Creación. En ella se sintetiza la presencia fundante del Dios que ama y que provee, que instaura un orden en las cosas al darles ser y naturaleza, que hace al hombre a su imagen y le llama a compartir su vida íntima, un Dios que se lanza al loco prodigio de la redención reafirmando así la bondad originaria de lo humano y lo terreno y su vocación divina fundamental. Y el asombro de la liberad y la responsabilidad humanas, de la capacidad de verdad, de bien y de armonía, y los ecos dolientes de la cicatriz original. La vocación y la apertura del hombre, ser personal, a la realidad en toda su hondura y amplitud. La afirmación de Dios que no es negación del hombre y la afirmación del hombre que se apoya en Dios como en su fundamento.

2. La rebeldía de la modernidad frente a la cosmovisión cristiana

Ha escrito Carlos Valverde que "la Modernidad se caracterizará por ser una larga marcha hacia la total autonomía de lo secular. El proceso es una inmensa epopeya que duró seis siglos. Puede darse por concluido, en algún sentido, cuando Feuerbach proclama la sentencia Homo homini deus , el hombre no tiene otro Dios que el hombre. Era la expresión más completa del espíritu secular y del inmanentismo. Dios se ha hecho innecesario. Los hombres no le necesitan ya. Ellos solos pueden construir su ciudad. Para ello les basta la razón. La razón puede colocarse en el sitio de Dios. Por su parte, Nietzsche después pronunciará la definitiva sentencia mortuoria: 'Dios ha muerto. Nosotros le hemos matado'."

La locura sembrada por el nazismo

La locura sembrada por el nazismo no deja de ser una derivación esperable a partir de la locura del profeta del nihilismo

Según Berdiaieff, que es del mismo parecer, tanto la Revolución Francesa del siglo XVIII como el positivismo y el socialismo del siglo XIX son las consecuencias del humanismo que comenzó a imponerse a partir del Renacimiento, al mismo tiempo que los síntomas del agotamiento de su poder creador. En el Renacimiento, el hombre recomenzó como nunca antes el proceso de su autoexaltación.

En verdad, el florecimiento de lo humano no es posible mas que en la medida en que el hombre tiene conciencia, en lo más profundo de su ser, de su verdadero lugar en el cosmos y de sus raíces divinas. Al comienzo del Renacimiento, el hombre tenía aún esa conciencia, reconocía todavía el sentido trascendente de su existencia. Pero poco a poco se fue deslizando hacia una ruptura ambivalente y dramática.

La paradoja no deja de ser dolorosa. El Renacimiento se inauguró con la afirmación gozosa de la individualidad creadora del hombre, pero al agotarse sus virtualidades se clausuró con la negación de su dignidad. El hombre sin Dios deja de ser hombre: tal es para Berdiaieff y para otros pensadores notables el sentido profundo de la historia de los últimos seis siglos, historia de la grandeza y decadencia de las ilusiones humanistas. Paulatinamente el hombre se vio desvinculado de su fundamento trascendente y, vaciada su alma, acabó convertido en esclavo, no de las fuerzas sobrenaturales sino de elementos inferiores e inhumanos. La divinización del hombre y de lo humano, han provocado precisamente el fin del humanismo, su autonegación, el agotamiento de sus fuerzas creadoras.

En nuestra época se evidencia la paradoja de que cuando el hombre se somete a un principio superior, sobrenatural, se consolida y afirma, mientras que se pierde cuando resuelve permanecer encerrado en su pequeño mundo, convertido en un Dios imposible, y acaba por caer en un vacío de desesperación.

Berdiaeff considera el proceso de la historia moderna como una progresiva emancipación. «Pero ¿emancipación de qué, emancipación para qué? ¿En nombre del hombre, en nombre del humanismo, en nombre de la libertad y de la felicidad de la humanidad? No se ve ahí una respuesta sostenible. No se puede libertar al hombre en nombre de la libertad del hombre, por no poder el hombre ser la finalidad del hombre. Si el hombre no tiene hacia qué elevarse, queda privado de sustancia. La libertad humana aparece en este caso como una simple fórmula sin consistencia» (Una nueva Edad Media).

La decadencia hacia lo inhumano

Berdiaieff cree encontrar una prueba en la evolución del arte contemporáneo. El Renacimiento exaltó la imagen del hombre, su rostro clarividente, su torso musculoso, pero decisivas corrientes estéticas a partir del siglo xx han sometido la forma humana a un profundo quebranto, la han descompuesto en fragmentos, como se puede ver en el período cubista, o en el surrealismo, entre otros ejemplos (cf. Le sens de l'histoire).

El mismo proceso se aprecia en el campo del conocimiento. La Ilustración y la Revolución Francesa exaltaron la razón del hombre hasta endiosarla. Y hoy, corrientes de pensamiento surgidas a partir de ellas niegan que la razón pueda acceder a la verdad. Perdido su centro espiritual y negado el origen trascendente de su inteligencia, reflejo del Logos divino, el hombre se pierde a sí mismo y renuncia a su capacidad de entender (cf. Una nueva Edad Media ).

Berdiaieff ha caracterizado de dos maneras el proceso de los últimos siglos:

- En primer lugar se ha producido un gigantesco desplazamiento del centro a la periferia. Cuando el hombre rompió con el centro espiritual de la vida, se fue deslizando lentamente desde el fondo hacia la superficie, se fue haciendo cada vez más superficial, viviendo cada vez más en la periferia de su ser. Pero como el hombre no puede vivir sin un centro, pronto comenzaron a surgir en la superficie misma de su vida, nuevos y engañosos centros. En nuestro siglo, el hombre occidental se encuentra en un estado de vacuidad terrible. Ya no sabe dónde está el centro de la vida ni siente profundidad bajo sus pies. (cf. Ibíd.).

- Considera este transcurrir de la modernidad también como un desplazamiento de lo orgánico a lo mecánico. El fin histórico del Renacimiento trajo consigo la disgregación de todo cuanto era orgánico: la Cristiandad, las corporaciones, el orden político. Al comienzo, en sus primeras fases, dicha dispersión fue considerada como si se tratase de una liberación del hombre. Mas no fue así, ya que se ha visto encadenado a nuevos engranajes sociales, cuyo símbolo, en su día, fue la máquina. Charles Chaplin ironizó con agudeza sobre ello en su película Tiempos modernos. Como recuerda Berdiaeff, «cuando las potencias humanas salen del estado orgánico, quedan inevitablemente sujetas al estado mecánico» (Ibíd.).

En relación con todo esto señala Gustave Thibon que, a diferencia del hombre de la Cristiandad , asentado sobre lo elemental y coronado con lo espiritual, el hombre moderno no sólo ha perdido sus conexiones con el orden sobrenatural, sino también, en buena parte, con la naturaleza misma: «La sociedad feudal tenía echadas sus raíces en la naturaleza y en la vida por el primado del coraje físico, por la pertenencia a la tierra, por la herencia y el respeto de la ley de la sangre, y recibía el influjo espiritual y religioso por el juramento, la fidelidad, el espíritu caballeresco y todas las formas de sacralización del pacto social... La parte más ostensible de la sociedad actual, exalta sus jerarquías basadas en el dinero anónimo y en el Estado abstracto; sus celebridades, agigantadas por la propaganda; sus autoridades, brotadas del azar y de la intriga... Vacías de la savia de la tierra y de la savia del cielo... ¿Cómo extrañarse, en estas condiciones, de la proliferación de flores artificiales? Son las únicas que no necesitan raíces ni savia». (Cit. en Sáenz, A. La cristiandad.)

Nietzsche y Marx, entre otros, ilustran dos formas concretas de autonegación y autodestrucción del humanismo. En Nietzsche, el humanismo abdica de sí mismo y se desmorona bajo la forma individualista; en Marx, bajo la forma colectivista. Ambos parten de la sustracción del hombre a las raíces trascendentes de la existencia. En ambos se consuma el fin del Renacimiento, pero en ninguno de los dos con el triunfo del hombre. Después de ellos, ya no es posible una fe ingenua en lo puramente humano (cf. N. Berdiaieff, Una nueva.)

El humanismo prometeico de Marx

Es cierto. La culminación del grito revolucionario que exalta a la razón humana como suprema divinidad puede escucharse claramente en Marx y en Nietzsche, referentes del humanismo ateo contemporáneo.

En la tesis doctoral que Marx defendió a la edad de 24 años, el prefacio incluye la profesión de fe de Prometeo, grito de rebeldía contra los dioses en nombre de la razón humana:

"La filosofía, mientras una gota de sangre haga latir su corazón absolutamente libre y dominador del mundo, declarará a sus adversarios junto con Epicuro: 'No es impío aquel que desprecia a los dioses del vulgo, sino quien se adhiere a la idea que la multitud se forma de los dioses'. La filosofía no oculta esto. La profesión de fe de Prometeo: 'En una palabra, ¡yo odio a todos los dioses!', es la suya propia, su propio juicio contra todas las deidades celestiales y terrestres que no reconocen a la autoconciencia humana como la divinidad suprema. Nada debe permanecer junto a ella.

Pero a los despreciables individuos que se regocijan de que en apariencia la situación civil de la filosofía haya empeorado, ésta, a su vez, les responde lo que Prometeo a Hermes, servidor de los dioses: 'Has de saber que yo no cambiaría mi mísera suerte por tu servidumbre. Prefiero seguir a la roca encadenado antes que ser el criado fiel de Zeus". En el calendario filosófico, Prometeo ocupa el lugar más distinguido entre los santos y los mártires." (Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro. 1841)

La superación del humanismo: el superhombre

Friedrich Nietzsche irá aún más lejos. No es la razón ni el pensamiento o la inteligencia humana -o el trabajo tomado como fuerza material de producción, como acabará diciendo Marx- quien nos habla de la grandeza de la vida que se expande en el mundo; es la voluntad de poder . Y su triunfo será la muerte de Dios y la superación del hombre mismo para anunciar la llegada del superhombre:

"¿No habéis oído hablar de ese hombre loco, que, en pleno día, encendía una linterna y echaba a correr por la plaza pública, gritando sin cesar: Busco a Dios, busco a Dios? Como allí había muchos que no creían en Dios, su grito provocó hilaridad: -Qué, ¿se ha perdido Dios?, decía uno. -¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. -¿O es que se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Ha emigrado? Así gritaban y reían en confusión. El loco se precipitó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. -¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir, les gritó. ¡Nosotros le hemos matado. Vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!... Entro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con Él han muerto también esos delincuentes. ¡Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra!

"Zaratustra habló así al pueblo: 'Yo os enseño al superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos! Permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos. ¡Ojalá desparezcan!'. Sólo donde hay vida hay también voluntad: pero no voluntad de vida, sino voluntad de poder. Muchas cosas tiene el viviente en más alto aprecio que la vida, y en su apreciar mismo habla la voluntad de poder." (Así habló Zara­tustra, 1885).

Pero el triunfo del superhombre y de su voluntad de poder traerá consigo la desolación, la destrucción, la victoria de la nada: "Prometo la llegada de una época trágica. Debemos estar preparados para una larga serie de demoliciones, de ruinas, de subversiones, habrá guerras como no se conocieron jamás en el mundo. Europa se sumirá en sombras muy pronto, asistimos a la ascensión de una marea negra. Se prepara, gracias a mí, una catástrofe cuyo nombre sé, un nombre que no diré jamás. Toda la tierra se estremecerá en convulsiones. En breve llegará el nihilismo.

"Pero esto no es más que el efecto, la manifestación exterior de una crisis más profunda, totalmente interna, pues el pensamiento precede a la acción como el relámpago al trueno". (Ecce homo, 1888)

La locura sembrada por el nazismo no deja de ser una derivación esperable a partir de la locura del profeta del nihilismo.

3. El humanismo ateo y la caída en la nada: Altazor, de Vicente Huidobro

No se puede negar que la Revolución moderna ha producido también algunos resultados buenos, entre otros los progresos técnicos y científicos. Mas esos logros son la contrapartida de grandes pérdidas operadas en los planos ético, antropológico, filosófico, metafísico y teológico: porque la inteligencia y la voluntad, para autojustificarse, han querido negar el "hilo de oro" que religa todas las cosas a Dios y al orden de las cosas creadas.Concluye Gustave Thibon, evocando este hecho: "La locura revolucionaria, consiste en exigir lo imposible, es decir, lo infinito, a lo finito, buscar la felicidad en las contradicciones de la vida mortal, el espíritu en la materia, y lo divino en lo humano. Es exactamente el mismo imposible que la gracia nos da. Porque «lo que es imposible para los hombres es posible para Dios". (Cit. en Sáenz, SJ, A. Ob. cit .)

El complejo proceso de la Revolución Moderna se entiende mejor si se considera a la luz de la parábola del hijo pródigo. Los hombres del Renacimiento pidieron a Dios la parte de su herencia, le pidieron el libre uso de su inteligencia, de su voluntad, de sus pasiones, para usarlas a su arbitrio. Al principio se sentían felices, pletóricos de impulso creador. Pero con el tiempo esa herencia se fue dilapidando, y los hombres comenzaron a sentirse vacíos, a experimentar hambre, y los que se habían negado a reconocer a su Señor divino buscaban ahora amos extraños a los que someterse. Acabaron apacentando cerdos. La parábola de Cristo es dura e irónica. El hombre quiso hacerse como Dios, según se lo insinuara la tentación paradisíaca, y acabó reduciéndose al nivel de los animales. Bien afirma Thibon que «el hombre no escapa a la autoridad de las cosas de arriba, que lo alimentan, más que para caer en la tiranía de las cosas de abajo, que lo devoran». Es lo que dijo S. Agustín: «El que cae de Dios, cae de sí mismo».

Altazor: Espejo del vacío existencial del humanismo ateo

"Altazor", extenso poema del chileno Vicente Huidobro -ligado a las vanguardias literarias y al comunismo de principios del XX- es un buen ejemplo del horizonte de nihilismo que sigue en continuidad dramática a la lógica del humanismo ateo, junto con múltiples y llamativas manifestaciones del arte y del pensamiento contemporáneo que concluyen en el absurdo y el vacío existencial, como sugería Berdiaeff.

Explica Santiago Arellano: "Era el año 1919. Estaba reciente aún el fin de la Primera Guerra Mundial y se estaba asentando en Rusia el comunismo. Los horrores recientes, expresión de la deshumanización y de la crueldad endémica del siglo XX, no impidieron que el Occidente, incluida Europa, bailara el charlestón, ni las damiselas con sus elegantes pamelas decorasen como en un anuncio publicitario el vacío espiritual de una sociedad, que en lugar de pararse y realizar un examen de conciencia para buscar las causas de lo sucedido, huía hacia delante, como suele aconsejar el vértigo. El mundo se estaba quedando sin alma, absolutamente desorientado en humanidad. El triunfo de los irracionalismos vitalistas presagiaba la aparición de líderes capaces de todo, como Hitler o Stalin. Como telón de fondo guiaban el pensamiento Comte, Nietzsche o Schopenhauer.

"El canto I es el más extenso (684 versos). El prólogo nos había dado algunas claves, incluso la reducción de Dios a un nombre vacío: "Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso como un ombligo" irreverente incluso con la Virgen María. El canto I es un poema filosófico, en que el hombre pierde su razón de ser. Nada de lo que había enseñado la cultura occidental queda en pie. Como en un cataclismo se van derrumbando todas sus pretensiones. La construcción de un mundo feliz se ha venido abajo. Es sordo quien no oye el clamor. Es ciego quien no ve los escombros. Y sin embargo erre que erre seguimos en los mismos errores como si estos fueran la única senda del hombre. ¿Hasta cuándo? Percibo una nostalgia inconmensurable del reino de las bienaventuranzas.

"Se rompió el diamante de tus sueños
en un mar de estupor
Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo
Solo como una nota que florece en las alturas del vacío
No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza
¿En dónde estás Altazor?"

"El canto VII es una larga jitanjáfora (composición poética con sólo los sonidos del lenguaje, sin contenido ni significación). Pero no sin sentido. ¿Qué ocurriría si todo el universo incluido el hombre hubiera perdido el "logos", la razón como clave de la existencia? Probablemente nuestros vocablos se reducirían a un grito amargo, algo parecido a "El grito" de Munch en pintura. El canto VII no es un juego sonoro, es un grito final, es el grito del hombre al terminar de cruzar el puente de la vida, aunque todo parezca un trabalenguas absurdo. Así comienza el largo y amargo lamento:

"Ai aia aia / ia ia ia aia ui / Tralalí / Lali lalá / Aruaru / urulario / Lalilá / Rimbibolam lam lam / Uiaya zollonario / lalilá / Monlutrella monluztrella / lalolú / Montresol y mandotrina / Ai ai". (S. Arellano: " La extraña aventura poética del creacionismo ")

El poeta siente la vida vacía y la muerte segura: La vida es vivir en las tinieblas:

" en el dolor del enigma
sin saber quién la mueve ni qué quiere
limpiada la cabeza de prejuicio y de moral"

La vida es caer en paracaídas hacia la muerte:

"siente el terror de ser y el miedo de no ser"

Pero quiere liberación. Se revuelve contra la muerte:

"pero sólo encuentra el consuelo de vivir el placer
La poesía puede convertir el paracaídas en parasubidas

Se revuelve también contra las tinieblas:

"quiere una certeza, matar la duda
quiere saber por qué y para qué
          saber quién eres, de dónde vienes, a dónde vas
quiere alzarse pero no encuentra nada
cae en el último abismo de silencio"

Siente la necesidad de Dios y la necesidad de amor y de ternura:

"Aunque el Creador no tiene nombre
es un simple hueco en el vacío,
siente el peso de sus raíces cristianas
ha nacido el día que murió Cristo
               el día que murió el Cristianismo"
"busca un ser materno donde se duerma el corazón"

Conclusión

Las peregrinaciones que jalonaban las rutas de la cristiandad nos hablan de una conciencia de pecado y de una necesidad de perdón. Aportan al hombre una conciencia de sentido y de búsqueda, un ansia de perfección. Hablan al mismo tiempo de la precariedad de lo humano y de su vocación a la más alta dignidad. Por su parte, la deriva del humanismo ateo, endiosando al hombre, le ha precipitado a la dolorosa experiencia de la falta de sentido. No es casualidad que el Camino de Santiago perdiera su relevancia, precisamente, a finales del siglo XVII, coincidiendo con lo que Paul Hazard llamó "la crisis de la conciencia europea."

Benedicto XVI escribe en su última encíclica, Caritas in veritate: "Sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender quién es . Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada» ( Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo» ( Mt 28,20) . El hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios . .La cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano . Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil -en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos -, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos ... Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande." (n. 78)

Con estas reflexiones hemos pretendido recorrer una trayectoria intelectual que se va distanciando intencionadamente de la visión cristiano-medieval de la vida, para ahondar en una perspectiva antropocéntrica fallida y a la vez cruel. "Cuando la razón ha querido independizarse de Dios ha terminado en las aberraciones de las dictaduras, las guerras y el capitalismo, o en el desierto nevado de la Posmodernidad. En realidad, no ha sido la razón sino el hombre el que se ha querido independizar de Dios. Y el hombre sin Dios, sin un Ser último en quien religarse, se queda solo y perdido en su soledad. Queriendo ser sólo racional, termina en lo irracional." (C. Valverde. Ob. Cit. )

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RATZINGER, Joseph. Una mirada a Europa. Rialp, Madrid, 1993

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SÁENZ S.J., Alfredo. La cristiandad. Una realidad histórica. Gratis date. Pamplona. 1999

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